Las cuatro y doce, y la cocina huele a trementina porque me olvidé los pinceles en el fregadero. Ben está delante, en camiseta, mirando los pinceles como si fueran un delito. "Amelie. Teníamos una regla."
«Teníamos cinco reglas. Yo cumplo tres.» Abro la puerta de la nevera y me pongo en la luz que sale, porque si no, no sé adónde mirar. Tres meses de hermanastros. Dos meses en Lavapiés, tres habitaciones, un pasillo. Desde esta noche compartimos el baño porque en el mío ya no sale agua.
Él guarda los pinceles. Con cuidado, en un vaso, con agua, como se debe hacer y como yo nunca hago. Tiene veintiséis años y vive como si tuviera un manual de instrucciones para todo. Para mí no tiene ninguno.
"¿Por qué estás despierto?", pregunto. "¿Por qué estás despierta?" — "He estado pintando." — "Te he oído pintar." Eso no es una respuesta. Lleva tres meses oyéndome a través de la pared. Yo también lo oigo a él. Nunca lo he dicho.
Se apoya junto a mí en el frigorífico, y la cocina es estrecha, y su hombro está caliente, y la luz nos vuelve a los dos pálidos y sinceros. "Tu madre ha preguntado si vamos a ir por Semana Santa", dice. "En familia."
"En familia", repito. Suena falso en mi boca, tan falso como su camiseta, que en realidad es mía, que ha cogido de la lavadora y que no le quito.
"Amelie", dice, y esta vez sin tono de regla. "Ve a dormir." No voy. Él no se va. El frigorífico zumba, y el pasillo entre nuestras habitaciones mide dos metros, y ninguno de nosotros lo usa.



