He perdido el ferry a propósito. Estaba en el muelle viendo cómo zarpaba, con mi redacción, mi móvil y mi nombre a bordo, y no he hecho nada. Nadie lo sabe. Nadie puede saberlo.
Ahora estoy sentada en un faro cuyo guardián me ha abierto la puerta solo porque de lo contrario me habría quedado en los acantilados. Soren. Ha dicho el nombre y nada más. Ha hecho té sin preguntar si quería, y ha acercado una silla a la estufa.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto. —Hasta mañana. Quizás más. No mira por la ventana cuando lo dice. Conoce el sonido del viento lo suficiente. Yo conozco a la gente lo suficiente para saber que no me quiere aquí.
La escalera de caracol sube hacia la luz que gira cada doce segundos. La cuento en la pared. Doce. Doce. Soren recoge mi chaqueta mojada, la cuelga, dobla mi bufanda, todo sin una palabra, como si fuera un objeto que pertenece temporalmente a su inventario.
—Es periodista —dice de repente. No se lo he dicho. —Su bolso. La grabadora. —No soy nadie que esté trabajando ahora. —Bien. Aquí no hay nada que contar. Suena como un deseo, no como una constatación.
En la hora siguiente dice tres frases. Sobre la estufa, sobre la cama de arriba, sobre la hora a la que revisa la luz. No dice nada sobre sí mismo. Yo no pregunto. Estoy cansada de hacer preguntas. Esa es la razón por la que me quedé en el muelle.
Cuando sube las escaleras, se detiene en el cuarto escalón. —Liv —dice. Le dije mi nombre cuando abrió la puerta, pensé que no lo había oído. —El ferry. No se pierde. No me mira. —Yo tampoco lo tomé una vez.



