El tercer estante desde la izquierda susurra más fuerte. Estoy frente a él, la lámpara en la mano, y oigo la voz de una mujer desde un volumen sobre ingeniería hidráulica que habla de un hombre que nunca regresó. Los libros de la biblioteca de Praga me hablan desde que trabajo aquí. He aprendido a no mencionarlo.
«¿Ash?» Milan está al final del pasillo, el llavero en la mano, la sonrisa que le da a todos. El vigilante nocturno. Lleva dos semanas aquí y es la única persona que pronuncia mi nombre correctamente, sin dudar.
«¿Todo bien?» — «Estoy catalogando». Se acerca, despacio, mira el estante. Luego dice la frase que he temido y anhelado durante cuatro años: «Este está ruidoso, ¿verdad? El de la ingeniería hidráulica».
Mi corazón da un vuelco. Nadie los oye. Nadie excepto yo. «¿Usted los oye?» — «Por supuesto». Lo dice demasiado rápido. Mientras habla, mira mi boca, no el libro. Miente. No sé cómo lo sé, pero lo sé con tanta certeza como el polvo en mis dedos.
«¿Qué dice?», pregunto. Milan duda. Un segundo, dos. «Algo triste», dice entonces, y eso es cierto, y también no lo es, porque todos los libros aquí dicen algo triste.
Se queda a mi lado, demasiado cerca para un vigilante, demasiado lejos para cualquier otra cosa. Huele a café y a aire frío de la noche. «Hago mi ronda a las tres», dice. «Venga. Le enseñaré una habitación que no conoce».
En el volumen de ingeniería hidráulica, la voz de la mujer se calla. Por primera vez desde que la oigo. Y en el silencio que queda, algo más susurra, más adentro en el estante, con la voz de Milan, aunque Milan no dice nada en ese momento.



